domingo, 2 de abril de 2017

Glosario de Muñeca



Videla   Evento gástrico que consiste en una relajación abrupta y repentina del esfínter anal. Este evento, propio del aparato digestivo, está dado por un incremento considerable de presión de los gases que se acumulan en el último tramo de dicho aparato. Si los gases van acompañados de materia fecal, ésta en su evacuación puede desarrollar hasta 45 km/h y tener un alcance de tiro de casi un metro y medio

Los ladrones



En el campo las puertas que abren los corrales tienen cerraduras lógicas. Es prácticamente imposible que un animal comprenda cómo se abren. 

Un buen ladrón es quel que puede desentrañar la lógica de una cerradura para poder abrirla. Desde la antigua cerrajería hasta la encriptación de datos de Ross J. Anderson.

martes, 19 de julio de 2016

Filosofìa y salud



La filosofìa puede ser una forma de medicina
La cura puede darse a través de muchas técnicas que se derivan a su vez de diversos conceptos de salud. Todos son utiles y válidos en mayores y menores medidas. La diversificación nos lleva a tratar de encontrar la paz en nuestro organismo según lo que cada uno entienda por paz interior, amor, gratitud, felicidad, placer, libertad.
Si usáramos la metáfora del veneno a través de la homeopatía, la pregunta sería: ¿qué veneno te tiene envenenado? Basta con saber cómo reaccionan los envenenados con cada veneno para saber què veneno darle, o qué antídoto. Quien  parece enfermo, en su forma de estar, revela algun parecido con esa forma de ir muriendo envenenado.
Si usáramos la metáfora de la filosofía, la pregunta sería: que es LO que te enferma? En ese "Lo"  entra cualquier cosa que sea abstracta. De lo concreto, si sabemos que el tabaco produce cáncer, basta con eliminarlo. Si trocamos, a traves de una experiencia corporal que nos permita escapar simbólicamente, lo abstracto enfermante cambiará de signo para transformarse en una imagen humoristica sobre nuestro pasado. Siempre que pasemos por el cuerpo las imágenes filosóficas que nos tienen enfermos o sanos, vamos a encontrar el equilibrio entre lo sano y lo enfermo. 
Las imágenes filosóficas deben pasar por el cuerpo a través de la expresión física y actitudinal. Ésto puede ser favorecido por medio de situaciones determinadas. Procurar un recorrido, provocar cierta reacción, construir con el deseo, crear un suceso,  hacer el arte y la cochinada que sea. 

domingo, 24 de abril de 2016

Otoño


Algunos decian que los mejores días para mendigar eran los dias como hoy. ¡Olvidate! No se puede hacer nada, ni un mango.

Yo desde la repisa puedo ver la calle por la ventana. La noche está triste y lluviosa, fria. Además, son esas primeras noches de frio y humedad del año. Los linyeras se van a dormir tempranito porque se levantan antes de que abran los negocios. El único problema de esta época es quedarse dormido en coma etílico, desabrigado y morir congelado. Lo mejor es ir cuidando que no se apague el fueguito, tomando algo calentito para la garganta. Hablando de algo interesante y loco con otros dos, tomando algo fuertecito, fumando un puchito. Nunca esperé nada de la vida. No me dió para luchar por más. Menos no, tampoco. ¡Obviamente! Yo chocho. No como los que están todavía con alguna preocupación: "ay! con este viento... dejé la ventana abierta y el piano de la abuela, que le dejé a mi adorada hija, se va a llenar de tierra ¡y si se larga a llover se va a mojar!...".

Ni un linyera loco, ni un drogadicto, ni uno de esos científicos que se pasan de rosca y se les salió la chaveta. No, nada que ver. A veces, la gente va dejando cosas en la calle. cosas que todavía sirven. ¡Las tiran! Se puede vivir sin trabajar y en paz, todos los días, en tranquilidad, con otro ritmo de vida. No como los que estan todavía corriendo como si no hubieran corrido lo suficiente en la vida. Si corrés, la vida te corre a vos. "¡chau mijito, deje de joder acá, vaya a correr a otro lado!" ja ja ja y te despacha rapidito nomás. Se preocupan hasta de lo que no les hace falta preocuparse. ¡y menos ahora! ja ja ja ¡yo soy lo que soy! Y Estoy a salvo siendo quien soy.
Los ultimos meses tomé agua solamente. Aquí se hace comida todo el tiempo y solamente el olor de una sopa, o lo que tendrà adentro, es algo asqueroso. A veces pienso que estoy en el infierno. Al último vomitaba como una espuma blanca. Ahora también tengo como unas arcadas secas, sin vómito, obviamente. Me obligaban a comer.
Siento el frio que hace, realmente. ¡Y el olor! No se como hago pero absorbo esos olores a comida y con eso estoy. Es buenisimo. Me acuerdo que para hacer: una comida, comerla y después lavar los platos, todo el rollo tardaba como una hora y media o dos. Cuatro veces por día, perdía ocho horas todos los días de lunes a lunes. Bueno, esa historia de la comida chau, nunca más, por suerte. Por suerte, en esta época ya entra la luz del sol por la ventana. De eso me estoy alimentando ahora, solamente. Ahora si, me siento árbol. Estoy todavía despierto y guardo en mi interior un calorcito suave como la llama de un piloto.
"Una vez se acercó a mi rancho un hombre y me dijo que yo, ocupando estos terrenos tan desolados, estaba haciendo patria. En ese momento me quedé pensando y ahora creo que apenas estoy sobreviviendo" ja ja ja ¿Hasta cuándo estaré acá, carajo? Y bueno, por lo menos desde acá puedo ver por la ventana.

miércoles, 11 de septiembre de 2013

Ojo Bizarro

Ojo Bizarro

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Lugar: La Cochera

Dirección: Fructuoso Rivera 541

Localidad: Córdoba

Comienza: Viernes 6 de septiembre 2013

Termina: Viernes 27 de septiembre 2013

Hora: 22 hs.

 

El "Ojo Bizarro" ve: una pareja de amantes que miran la vida diferente. Un hijo abandonado que se reencuentra con su verdadera madre. Una madre que se transforma en lechuza. Un remisero que atropella a los que viven en una nube de pedos. Un conductor de reality pincha globos. Un zapping inquieto de telenovelas, discursos políticos, noticiarios, realitys y programas infantiles. La Caperucita y el Lobo atraviesan esta programación descontrolada hasta que son descubiertos por un conductor televisivo de talk show.

La tele teje lo que la vida desteje: desencuentros, confesiones, delirio, bizarría y sus diferentes puntos de vista.

 Interpretación: Lorena Jiménez, Federico Franco y Lucas Solé. ç

Dirección: Paco Giménez. 

Coordinación general: Lucas Solé.

Funciones: viernes 6, 13, 20 y 27 de septiembre a las 22. 

Entrada $ 50. Estudiantes $ 40. 

Reservas al (0351) 155213698.

domingo, 14 de julio de 2013

Horacio Sosa "OCRE"

proxima publicación!Muñeca:
Axolotl - Julio Cortázar
: Axolotl [Cuento. Texto
completo] Julio Cortázar Hubo un tiempo en que yo pensaba
mucho en los axolotl. Iba a verlos a...

miércoles, 28 de noviembre de 2012

Axolotl - Julio Cortázar

Axolotl
[Cuento. Texto completo]
Julio Cortázar

Hubo un tiempo en que yo pensaba mucho en los axolotl. Iba a verlos al acuario del Jardín des Plantes y me quedaba horas mirándolos, observando su inmovilidad, sus oscuros movimientos. Ahora soy un axolotl.

El azar me llevó hasta ellos una mañana de primavera en que París abría su cola de pavo real después de la lenta invernada. Bajé por el bulevar de Port Royal, tomé St. Marcel y L’Hôpital, vi los verdes entre tanto gris y me acordé de los leones. Era amigo de los leones y las panteras, pero nunca había entrado en el húmedo y oscuro edificio de los acuarios. Dejé mi bicicleta contra las rejas y fui a ver los tulipanes. Los leones estaban feos y tristes y mi pantera dormía. Opté por los acuarios, soslayé peces vulgares hasta dar inesperadamente con los axolotl. Me quedé una hora mirándolos, y salí incapaz de otra cosa.

En la biblioteca Saint-Geneviève consulté un diccionario y supe que los axolotl son formas larvales, provistas de branquias, de una especie de batracios del género amblistoma. Que eran mexicanos lo sabía ya por ellos mismos, por sus pequeños rostros rosados aztecas y el cartel en lo alto del acuario. Leí que se han encontrado ejemplares en África capaces de vivir en tierra durante los períodos de sequía, y que continúan su vida en el agua al llegar la estación de las lluvias. Encontré su nombre español, ajolote, la mención de que son comestibles y que su aceite se usaba (se diría que no se usa más) como el de hígado de bacalao.

No quise consultar obras especializadas, pero volví al día siguiente al Jardin des Plantes. Empecé a ir todas las mañanas, a veces de mañana y de tarde. El guardián de los acuarios sonreía perplejo al recibir el billete. Me apoyaba en la barra de hierro que bordea los acuarios y me ponía a mirarlos. No hay nada de extraño en esto porque desde un primer momento comprendí que estábamos vinculados, que algo infinitamente perdido y distante seguía sin embargo uniéndonos. Me había bastado detenerme aquella primera mañana ante el cristal donde unas burbujas corrían en el agua. Los axolotl se amontonaban en el mezquino y angosto (sólo yo puedo saber cuán angosto y mezquino) piso de piedra y musgo del acuario. Había nueve ejemplares y la mayoría apoyaba la cabeza contra el cristal, mirando con sus ojos de oro a los que se acercaban. Turbado, casi avergonzado, sentí como una impudicia asomarme a esas figuras silenciosas e inmóviles aglomeradas en el fondo del acuario. Aislé mentalmente una situada a la derecha y algo separada de las otras para estudiarla mejor. Vi un cuerpecito rosado y como translúcido (pensé en las estatuillas chinas de cristal lechoso), semejante a un pequeño lagarto de quince centímetros, terminado en una cola de pez de una delicadeza extraordinaria, la parte más sensible de nuestro cuerpo. Por el lomo le corría una aleta transparente que se fusionaba con la cola, pero lo que me obsesionó fueron las patas, de una finura sutilísima, acabadas en menudos dedos, en uñas minuciosamente humanas. Y entonces descubrí sus ojos, su cara, dos orificios como cabezas de alfiler, enteramente de un oro transparente carentes de toda vida pero mirando, dejándose penetrar por mi mirada que parecía pasar a través del punto áureo y perderse en un diáfano misterio interior. Un delgadísimo halo negro rodeaba el ojo y los inscribía en la carne rosa, en la piedra rosa de la cabeza vagamente triangular pero con lados curvos e irregulares, que le daban una total semejanza con una estatuilla corroída por el tiempo. La boca estaba disimulada por el plano triangular de la cara, sólo de perfil se adivinaba su tamaño considerable; de frente una fina hendedura rasgaba apenas la piedra sin vida. A ambos lados de la cabeza, donde hubieran debido estar las orejas, le crecían tres ramitas rojas como de coral, una excrescencia vegetal, las branquias supongo. Y era lo único vivo en él, cada diez o quince segundos las ramitas se enderezaban rígidamente y volvían a bajarse. A veces una pata se movía apenas, yo veía los diminutos dedos posándose con suavidad en el musgo. Es que no nos gusta movernos mucho, y el acuario es tan mezquino; apenas avanzamos un poco nos damos con la cola o la cabeza de otro de nosotros; surgen dificultades, peleas, fatiga. El tiempo se siente menos si nos estamos quietos.

Fue su quietud la que me hizo inclinarme fascinado la primera vez que vi a los axolotl. Oscuramente me pareció comprender su voluntad secreta, abolir el espacio y el tiempo con una inmovilidad indiferente. Después supe mejor, la contracción de las branquias, el tanteo de las finas patas en las piedras, la repentina natación (algunos de ellos nadan con la simple ondulación del cuerpo) me probó que eran capaz de evadirse de ese sopor mineral en el que pasaban horas enteras. Sus ojos sobre todo me obsesionaban. Al lado de ellos en los restantes acuarios, diversos peces me mostraban la simple estupidez de sus hermosos ojos semejantes a los nuestros. Los ojos de los axolotl me decían de la presencia de una vida diferente, de otra manera de mirar. Pegando mi cara al vidrio (a veces el guardián tosía inquieto) buscaba ver mejor los diminutos puntos áureos, esa entrada al mundo infinitamente lento y remoto de las criaturas rosadas. Era inútil golpear con el dedo en el cristal, delante de sus caras no se advertía la menor reacción. Los ojos de oro seguían ardiendo con su dulce, terrible luz; seguían mirándome desde una profundidad insondable que me daba vértigo.

Y sin embargo estaban cerca. Lo supe antes de esto, antes de ser un axolotl. Lo supe el día en que me acerqué a ellos por primera vez. Los rasgos antropomórficos de un mono revelan, al revés de lo que cree la mayoría, la distancia que va de ellos a nosotros. La absoluta falta de semejanza de los axolotl con el ser humano me probó que mi reconocimiento era válido, que no me apoyaba en analogías fáciles. Sólo las manecitas... Pero una lagartija tiene también manos así, y en nada se nos parece. Yo creo que era la cabeza de los axolotl, esa forma triangular rosada con los ojitos de oro. Eso miraba y sabía. Eso reclamaba. No eran animales.

Parecía fácil, casi obvio, caer en la mitología. Empecé viendo en los axolotl una metamorfosis que no conseguía anular una misteriosa humanidad. Los imaginé conscientes, esclavos de su cuerpo, infinitamente condenados a un silencio abisal, a una reflexión desesperada. Su mirada ciega, el diminuto disco de oro inexpresivo y sin embargo terriblemente lúcido, me penetraba como un mensaje: «Sálvanos, sálvanos». Me sorprendía musitando palabras de consuelo, transmitiendo pueriles esperanzas. Ellos seguían mirándome inmóviles; de pronto las ramillas rosadas de las branquias se enderezaban. En ese instante yo sentía como un dolor sordo; tal vez me veían, captaban mi esfuerzo por penetrar en lo impenetrable de sus vidas. No eran seres humanos, pero en ningún animal había encontrado una relación tan profunda conmigo. Los axolotl eran como testigos de algo, y a veces como horribles jueces. Me sentía innoble frente a ellos, había una pureza tan espantosa en esos ojos transparentes. Eran larvas, pero larva quiere decir máscara y también fantasma. Detrás de esas caras aztecas inexpresivas y sin embargo de una crueldad implacable, ¿qué imagen esperaba su hora?

Les temía. Creo que de no haber sentido la proximidad de otros visitantes y del guardián, no me hubiese atrevido a quedarme solo con ellos. «Usted se los come con los ojos», me decía riendo el guardián, que debía suponerme un poco desequilibrado. No se daba cuenta de que eran ellos los que me devoraban lentamente por los ojos en un canibalismo de oro. Lejos del acuario no hacía mas que pensar en ellos, era como si me influyeran a distancia. Llegué a ir todos los días, y de noche los imaginaba inmóviles en la oscuridad, adelantando lentamente una mano que de pronto encontraba la de otro. Acaso sus ojos veían en plena noche, y el día continuaba para ellos indefinidamente. Los ojos de los axolotl no tienen párpados.

Ahora sé que no hubo nada de extraño, que eso tenía que ocurrir. Cada mañana al inclinarme sobre el acuario el reconocimiento era mayor. Sufrían, cada fibra de mi cuerpo alcanzaba ese sufrimiento amordazado, esa tortura rígida en el fondo del agua. Espiaban algo, un remoto señorío aniquilado, un tiempo de libertad en que el mundo había sido de los axolotl. No era posible que una expresión tan terrible que alcanzaba a vencer la inexpresividad forzada de sus rostros de piedra, no portara un mensaje de dolor, la prueba de esa condena eterna, de ese infierno líquido que padecían. Inútilmente quería probarme que mi propia sensibilidad proyectaba en los axolotl una conciencia inexistente. Ellos y yo sabíamos. Por eso no hubo nada de extraño en lo que ocurrió. Mi cara estaba pegada al vidrio del acuario, mis ojos trataban una vez mas de penetrar el misterio de esos ojos de oro sin iris y sin pupila. Veía de muy cerca la cara de una axolotl inmóvil junto al vidrio. Sin transición, sin sorpresa, vi mi cara contra el vidrio, en vez del axolotl vi mi cara contra el vidrio, la vi fuera del acuario, la vi del otro lado del vidrio. Entonces mi cara se apartó y yo comprendí.

Sólo una cosa era extraña: seguir pensando como antes, saber. Darme cuenta de eso fue en el primer momento como el horror del enterrado vivo que despierta a su destino. Afuera mi cara volvía a acercarse al vidrio, veía mi boca de labios apretados por el esfuerzo de comprender a los axolotl. Yo era un axolotl y sabía ahora instantáneamente que ninguna comprensión era posible. Él estaba fuera del acuario, su pensamiento era un pensamiento fuera del acuario. Conociéndolo, siendo él mismo, yo era un axolotl y estaba en mi mundo. El horror venía -lo supe en el mismo momento- de creerme prisionero en un cuerpo de axolotl, transmigrado a él con mi pensamiento de hombre, enterrado vivo en un axolotl, condenado a moverme lúcidamente entre criaturas insensibles. Pero aquello cesó cuando una pata vino a rozarme la cara, cuando moviéndome apenas a un lado vi a un axolotl junto a mí que me miraba, y supe que también él sabía, sin comunicación posible pero tan claramente. O yo estaba también en él, o todos nosotros pensábamos como un hombre, incapaces de expresión, limitados al resplandor dorado de nuestros ojos que miraban la cara del hombre pegada al acuario.

Él volvió muchas veces, pero viene menos ahora. Pasa semanas sin asomarse. Ayer lo vi, me miró largo rato y se fue bruscamente. Me pareció que no se interesaba tanto por nosotros, que obedecía a una costumbre. Como lo único que hago es pensar, pude pensar mucho en él. Se me ocurre que al principio continuamos comunicados, que él se sentía más que nunca unido al misterio que lo obsesionaba. Pero los puentes están cortados entre él y yo porque lo que era su obsesión es ahora un axolotl, ajeno a su vida de hombre. Creo que al principio yo era capaz de volver en cierto modo a él -ah, sólo en cierto modo-, y mantener alerta su deseo de conocernos mejor. Ahora soy definitivamente un axolotl, y si pienso como un hombre es sólo porque todo axolotl piensa como un hombre dentro de su imagen de piedra rosa. Me parece que de todo esto alcancé a comunicarle algo en los primeros días, cuando yo era todavía él. Y en esta soledad final, a la que él ya no vuelve, me consuela pensar que acaso va a escribir sobre nosotros, creyendo imaginar un cuento va a escribir todo esto sobre los axolotl.


Nada más raro y lejano al ser humano que un ajolote, le ha servido a cortázar para poner en evidencia, tanto la adaptación de un trastorno obsesivo compulsivo al automatismo de la vida cotidiana, como la desadaptación que sufre un psicótico al abandonar la imágen yoica.